Mercedes Benz SLS AMG GT Roadster

Hay autos que se disfrutan con los ojos, otros con el oído, y unos pocos con todos los sentidos. El Mercedes-Benz SLS AMG GT Roadster pertenece a ese último grupo. Nació con el propósito de revivir el espíritu del mítico 300 SL “Gullwing” de los años 50, aquel ícono que fascinó al mundo por sus puertas de “alas de gaviota” y por su ingeniería adelantada a su tiempo.

Décadas después, Mercedes-AMG reinterpretó esa leyenda con el SLS AMG, un superdeportivo diseñado íntegramente por AMG: motor delantero, tracción trasera, capó interminable y una silueta cargada de presencia. La versión Roadster, lanzada poco después del coupé, eliminó las puertas gullwing —sí, aquellas que hicieron famoso al modelo— para ganar algo mucho más importante: el sonido y la experiencia al aire libre. Al carajo con las puertas, porque el disfrute del V8 sin techo es, simplemente, fenomenal.

El SLS AMG GT Roadster se ubica en la cúspide de los superdeportivos de lujo, donde el rendimiento puro se combina con una dosis generosa de elegancia. Es un vehículo de capricho, de placer y de coleccionista. En América Latina, es el tipo de auto que aparece en Punta del Este, donde el sonido del escape hace girar todas las cabezas antes de que el conductor siquiera aparezca.

Curiosamente, en el mercado internacional el coupé es más valorado que el roadster, algo poco habitual en superdeportivos descapotables. En este caso tiene sentido: las puertas “alas de gaviota” son un ícono cultural. Pero, siendo sinceros, quien se sienta detrás del volante del Roadster y baja la capota, no echa de menos esas bisagras teatrales ni un segundo.

El SLS AMG GT Roadster impone respeto desde el primer vistazo. Su silueta clásica de GT —capó larguísimo, cabina retrasada y parte trasera compacta— transmite proporciones casi perfectas. Es una escultura sobre ruedas.

El frontal está dominado por la parrilla con la estrella de Mercedes y enormes tomas de aire que anuncian su poder. Y aunque el emblema lateral diga “6.3”, bajo el capó en realidad late un 6.2 litros. Mercedes decidió mantener el número 6.3 como homenaje a su pasado: al legendario 300 SEL 6.3, el primer sedán de alto rendimiento de la marca y una piedra fundacional para AMG.

Con el techo cerrado, el auto conserva una elegancia clásica; con la lona retraída, se convierte en una máquina que ruge. A cielo abierto, el SLS Roadster se siente más puro, más salvaje y más emocional que su hermano de puertas gullwing.

El habitáculo mezcla lujo artesanal con deportividad seria. Los asientos de cuero nappa sujetan con firmeza y transmiten cada movimiento del chasis, mientras el tablero —con su diseño inspirado en la aviación— recuerda que este AMG fue pensado para el placer del conductor.

Todo está revestido en materiales de primer nivel: aluminio, fibra de carbono y cuero. La ergonomía es precisa, aunque el acceso no es sencillo: hay que bajar el cuerpo profundamente y deslizarse hacia adentro. Una vez sentado, la posición de conducción es deportiva, casi como en un auto de carreras.

Desde el puesto de mando, el conductor se enfrenta a un capó interminable. No es fácil ver el final del auto, y las dimensiones requieren práctica, sobre todo para estacionar y salir de lugares apretados. Pero esa sensación de dominar algo tan imponente es parte de la magia del SLS.

Debajo de ese largo capó vive una obra maestra: el V8 AMG atmosférico de 6.2 litros, con 583 caballos de fuerza y 650 Nm de par. Cada motor fue ensamblado a mano por un solo técnico, siguiendo la filosofía “One Man, One Engine”.

El sonido es su carta de presentación. “The AMG, for me, is all about the sound”, dicen los puristas. Y es cierto. El rugido metálico al encenderlo, el rugido al acelerar, y las explosiones al reducir son una sinfonía mecánica que pocos autos modernos —con sus filtros y turbos— pueden igualar.

A 3.7 segundos de 0 a 100 km/h y una velocidad punta de 320 km/h, el SLS AMG GT Roadster no solo suena rápido: lo es. La caja de doble embrague de siete marchas cambia con precisión quirúrgica, y la tracción trasera convierte cada aceleración en una experiencia adrenalínica.

Es un auto que te hace sentir intocable, casi fuera de la ley. Un pisotón al acelerador y la sensación es que podrías escapar de cualquier cosa. No todos los conductores pueden dominar todo lo que el SLS es capaz de ofrecer; exige respeto, atención y manos firmes.

El chasis de aluminio combina rigidez con ligereza. La distribución de peso —47% adelante, 53% atrás— lo hace equilibrado, y la dirección, precisa y directa. El auto entra en curva con decisión, y la trasera obedece con nobleza… hasta que el conductor la provoca. Entonces el SLS se vuelve salvaje, permitiendo derrapadas controladas dignas de un piloto.

No es un auto fácil. Ni pretende serlo. Requiere experiencia, tacto y valentía. Pero cuando se lo entiende, recompensa con una conexión pura entre hombre y máquina, la clase de sensación que los deportivos modernos, cargados de asistencias, suelen disimular.

Competidores directos

Ferrari 458 Spider
Más afilado y ligero, el Ferrari es un bisturí sobre ruedas. Pero el SLS ofrece algo más emocional: el sonido puro del V8 AMG y una sensación de fuerza bruta que el italiano no iguala.

Aston Martin V12 Vantage Roadster
El británico apuesta por la elegancia y un V12 de canto glorioso. Sin embargo, el Mercedes se siente más moderno, más preciso y con una entrega más directa.

Porsche 911 Turbo S Cabriolet (991)
El Porsche es más eficiente, más fácil de usar a diario y con tracción total. Pero no tiene el dramatismo ni el carisma del SLS. El AMG es más espectáculo, más pasión, más emoción.

El Mercedes-Benz SLS AMG GT Roadster es uno de los últimos superdeportivos verdaderamente analógicos. No busca agradar a todos: busca estremecer.

Lo mejor:

  • Sonido inigualable, un V8 que hace temblar el asfalto.
  • Diseño atemporal, escultural y con herencia directa del 300 SL.
  • Experiencia de conducción pura, sin filtros ni artificios.

A mejorar:

  • Consumo alto y costos de mantenimiento significativos.
  • Maletero pequeño y acceso incómodo.
  • Electrónica y multimedia ya anticuadas.

El AMG GT Roadster es un auto que se compra con el corazón. No hay pantallas gigantes ni modos “eco”. Hay ruido, fuego y alma. Un V8 que grita historia, y un diseño que detiene el tiempo.

En el fondo, el SLS Roadster no necesita justificar su existencia frente al coupé ni a sus puertas icónicas. Porque cuando lo escuchás acelerar con el cielo como techo, entendés que la música vale mucho más que el espectáculo.

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